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El ejercicio del periodismo deportivo

Cuando los periodistas actúan como hinchas

“Dadme una razón de apoyo y comprenderé el mundo”

Jaime Pulgar Vidal Otálora

Publicado: 2013-10-16


En un mundo en donde la razón está subvaluada y el ser humano afronta muchos hechos de su vida a partir de creencias, de símbolos, apelando al empleo de sus sentidos, habría que preguntarse ¿qué significa ejercer el periodismo deportivo?

Es claro que el deporte moderno es una actividad pensada con la razón inglesa del siglo XIX pero que de inmediato le fue añadida la pasión y las emociones humanas. ¿Quién no ha festejado un triunfo o llorado una derrota? Y en medio de risas o lágrimas todos pretenden hallar una razón que explique la victoria o el fracaso. Cuando hablo de todos, no sólo me refiero a los periodistas deportivos; también hablo de los aficionados, de aquellos que, en medio de su euforia, encuentran fácilmente al héroe o al villano.

¿Y qué nos queda a los periodistas deportivos? Creer que vamos a encontrar “objetivamente” el motivo de las alegrías o de las tristezas es un absurdo que no se sostiene debido a los filtros que se hallan instalados en nuestras mentes y que tienen que ver con la forma en que hemos sido socializados; por nuestras creencias; por nuestras vivencias.

Entonces ¿no le queda más remedio al periodista que hablar como hincha? Eso es más absurdo todavía porque las carreras de periodismo se crearon con el fin de proporcionarle a quien va a ejercer esta profesión herramientas técnicas, metodológicas y, sobre todo teóricas, que van mucho más allá de la manera en la que piensa un hincha. No en vano los periodistas han pasado tres o cinco años por diversas facultades no necesariamente de periodismo. Si hablamos como hinchas, hemos perdido cinco o tres años de nuestras vidas.

Pero, ¿si no podemos hablar “objetivamente”, qué nos queda? Es claro que más allá de las herramientas técnicas o metodológicas, el periodista debe poseer teoría que lo acerque a comprender el funcionamiento de la sociedad en donde ejerce su profesión. Cursos de sociología, de antropología, de historia contemporánea, de teoría de la cultura serán fundamentales a la hora de comprender un hecho, en este caso una alegría o una tristeza.

No nos podemos quedar en el mero sentir. En la amargura justa que siente un hincha de ver a su equipo derrotado y que, por ello, empieza a culpar a todos, colocándolos en una suerte de orden jerárquico construido a partir de si el personaje en cuestión se “entregó al máximo” o “lo dejó todo en la cancha”, premisas que jamás podrán probarse con el uso de la razón. Porque ¿qué significa dejarlo todo en la cancha? ¿Romper a punta de puntapiés al rival? ¿Mostrar la camiseta sudada por correr sin ningún sentido? ¿Mostrar frentes o cabezas ensangrentadas?

El ejercicio del periodismo requiere que quien lo ejerza tenga una brillante intuición, una que le permita vislumbrar las probables causas de nuestras alegrías o de nuestras tristezas. A partir de esa intuición, el periodista deberá seguir un camino que lo conduzca a demostrar que su análisis es el correcto para comprender una determinada situación como, por ejemplo, la enésima eliminación a jugar un mundial de fútbol.

Pero la intuición no es suficiente aunque es un buen punto de partida. Lo que se requiere después es el uso adecuado de las herramientas teóricas y metodológicas para escribir una nota periodística que aclare el panorama y que, al mismo tiempo, no sea densa. Esa, tal vez, sea la mayor dificultad de quienes no son periodistas de formación. El que ejerce el periodismo debe convertir en sencillo todo aquello que podría parecer denso debido a que procede de orientaciones sociológicas o antropológicas.

Este vínculo del periodista con las orientaciones teóricas es lo que le da sustento a sus argumentos y a su línea de pensamiento. Esto es claro en los periodistas políticos que siguen pensamientos neomarxistas, weberianos o que son cuasi apóstoles de Bourdieu o de Foucault o de antropólogos como Alejandro Grimson. El periodista jamás será “objetivo” porque tomará un punto de partida teórico que esté más o menos de acuerdo a como él mismo comprende el mundo.

Lo que vale para los periodistas políticos también vale para los deportivos. Aunque aquí la línea de pensamiento es más simple: o somos teóricos y, por lo tanto verdaderos periodistas; o somos simplemente hinchas que vamos con una libreta y un lapicero en la mano y un sinfín de palabrotas como aquellas que vociferan los aficionados cada vez que están en la tribuna y que, dicho sea de paso, es totalmente comprensible que ellos lo hagan.

En el mundo musulmán se ha vuelto común alabar a periodistas políticos que toman partido y que arrojan su zapato a un personaje como una forma de mostrar su disconformidad. Ocurrió con George Bush en Irak en 2008. Sin embargo, uno puede estar disconforme con Bush como, imagino, lo está la mayoría de la población de Irak. Pero cuando uno labora como periodista no sólo es un representante de la sociedad a la cual va a informar sino también es aquel que maneja aspectos teóricos y metodológicos que ayuden a comprender las coyunturas. Uno, como periodista, no es vocero del hombre de la calle. No lleva a una conferencia las preguntas del hombre de la calle, o sus disconformidades. La mayoría de esas surgen desde los sentidos en un mundo en donde la razón esta subvaluada.

Y como uno, como periodista, no es un simple vocero del hombre de la calle, uno no puede andar lanzando zapatos o mentando la madre a quien se le antoje, comportándonos como individuos que no hemos pisado un aula universitaria. Y esto no tiene que ver con el nivel de instrucción ni mucho menos con la decencia. Uno no es vocero del hombre de la calle porque hemos estudiado para distanciarnos de él, para comprender los hechos y para hacerle llegar a nuestros lectores o auditores –es decir el hombre de la calle-, un mensaje que le permita comprender un hecho determinado.

Si fuésemos voceros del hombre de la calle, actuaríamos como él, insultando o mostrando nuestra molestia. Si algunos periodistas actúan así en nuestro país es porque no entendieron de lo que se trataba la universidad. Sólo fueron a ella a obtener un diploma que les permita acercarse a los personajes a los que el hombre común y corriente no tiene llegada, para insultarlos o alabarlos. Si alguno cree que eso es hacer periodismo, mejor que vuelva a las aulas y que no salga de ellas hasta que comprenda marcos teóricos que hagan valer la pena los cinco años que pasamos por la universidad.

Porque, aunque en este mundo la razón esté subvaluada y la universidad parece haberse convertido en una fábrica de empleos, hay aún buenas universidades, buenos profesores que, sin dejar de sentir y de creer, tienen seguro que al mundo hay que asirlo con aquello que tenemos dentro de nuestra cabeza. Parafraseando a Arquímedes, el periodista debería tener como lema “Dadme una razón de apoyo y comprenderé el mundo”.